—Estaré afuera de la habitación. Si necesitas algo, llámame, ¿de acuerdo? —dijo Abigaíl.
A pesar de su buena actitud, Gabriel no mostró amabilidad hacia ella. Luna, con la cabeza agachada, se sumergió en sus pensamientos mientras Abigaíl se marchaba. Sabía que el problema entre ellos claramente no se resolvería con facilidad, por lo que decidió no intervenir en su conversación. Además, no tenía derecho a entrometerse en asuntos familiares.
De repente, Gabriel comenzó a toser y palideció sin razó