Marta permaneció impasible, con dos grandes lágrimas cayendo de su rostro sereno, vistiendo una bata rayada azul y blanca. Se arrodilló lentamente junto a la cama, apoyándose con fuerza en ella.
—Gabriel, te lo suplico, déjame en paz. Él es joven y no sabe lo que hace. No te compares con él.
Sergio tenía los ojos enrojecidos y emitía un agudo lamento.
—Te dije que no le suplicaras, ¿no me escuchas?
Al ver esta triste escena, Gabriel solo sintió risa, y también cierta falsedad.
Cuando Marta rompi