La biblioteca solía cerrar a las diez de la noche. Luna llegó allí a las siete y aún había algunas personas estudiando.
Se sentó, en su asiento habitual junto a la ventana y abrió con gran rapidez su cuaderno de ejercicios. Sin saber cuánto tiempo había transcurrido, las luces de la biblioteca comenzaron a apagarse una tras otra, y el bibliotecario se acercó a ella muy amablemente para recordarle:
—Disculpa, pero la biblioteca está a punto de cerrar.
No le sorprendió que Sergio no hubiera venido