— ¿Niña podemos hablar? —preguntó Iley en voz baja nada más atravesar las puertas del cuarto. Felipe las había guiado a la habitación y se había marchado con premura. Como si no pudiera estar mucho tiempo respirando el mismo aire que Elena.
—No. No podemos. Márchate y déjame sola. No quiero verte. Lo menos que quiero es insultarte y agravar más esta situación.
—Estoy de tu lado, Lena. Espero que me permitas explicarte mis razones para hacer lo que hice.
—Y yo espero que tus razones sean lo sufi