Sofie regresó a la casa de su mejor amiga, con pasos lentos y cansados, como si cargara todo el peso de su vida en ellos. Y, en efecto, así sentía que era. La tarde la envolvía, húmeda y fría, después de la tormenta, mientras la casa de su amiga aparecía a lo lejos. Todavía podía oír en su mente las palabras de la doctora, resonando como una mezcla dolorosísima de esperanza y desesperación.
«Un cincuenta por ciento de posibilidades…»
«Seiscientas mil coronas danesas».
Al cruzar la puerta, su a