La sala de cirugía parecía un campo de batalla. Los monitores emitían pitidos agudos, constantes, como si fueran una cuenta regresiva hacia un final inevitable. El aire estaba cargado de adrenalina, tensión y miedo. Bajo las luces blancas, Katrine yacía inconsciente, con el rostro completamente pálido, mientras el cirujano, con la mandíbula tensa, trabajaba con una precisión febril, con el sudor le resbalándole por las sienes.
—¡La presión sigue cayendo! —exclamó el anestesista, con voz firme