No debí permitirlo.
El pensamiento llegó tarde.
Demasiado tarde.
El sonido de la puerta al abrirse fue lo único que logró romper ese instante que segundos antes, parecía suspendido en el tiempo.
Me separo de Alba con brusquedad, como si el contacto de pronto quemara.
—Señor...
La voz de mi secretaria termina de aterrizarme en la realidad.
Realidad.
Maldición.
—¿Qué sucede? —pregunto, molesto, más por mí mismo que por la interrupción.
—Disculpe que haya entrado asi, pero creo que usted debería s