Luego, aceleraron de inmediato hacia adelante, dirigiéndose directamente a la fuente del sonido.
—¡Todos, síganme! ¡No se separen! —Diana gritó, apresurándose a seguir adelante.
Ella temía que Pedro, en un impulso, cayera en una trampa enemiga.
El grupo avanzó rápidamente, y después de unos diez minutos, finalmente llegaron a un claro.
Era un espacio tan grande como un campo de fútbol.
El suelo estaba desprovisto de hierba, compuesto solo de tierra y rocas, sin signos de vida.
En el centro exact