En el interior de una camioneta negra en movimiento.
Pedro se recostaba en su asiento, cerrando los ojos para descansar.
Aunque su expresión era serena, de vez en cuando, debido a los baches del camino, una pequeña abertura en sus párpados revelaba un destello escarlata.
Era una intención asesina contenida hasta el extremo.
En ese momento, el timbre del teléfono sonó de repente.
Al contestar, era una llamada de Rodolfo.
—Sr. Pedro, Miguel ha sido despedazado. Como usted ordenó, solo dejamos su c