Después de intercambiar un puñetazo, Mariano retrocedió una decena de pasos por el impacto. Con cada paso que daba hacia atrás, dejaba una profunda huella en el suelo. Al final, su rostro se había palidecido, y su sangre bullía con fuerza. En ese momento, Mariano, con la frente sudorosa y las mangas de su camisa rotas, tenía gotas de sangre en la superficie de su puño. Se veía bastante desaliñado.
—¿Qué? —Todos quedaron atónitos. Con la boca abierta y una expresión de incredulidad, nadie podía c