Al oír estas palabras, el rostro de los tres se iluminó de alegría.
Solo con escuchar el título, se sabía que el origen no era común.
Un médico divino como este, era verdaderamente digno de su estatus.
—Andrés, ¿cómo lograste traer al influyente Iván de Ciudad A? —preguntó Yolanda, llena de curiosidad.
—Yo, por supuesto, no tengo esa habilidad. La persona que invitó a Iván fue, en realidad, el Sr. Cipriano —respondió Andrés con una sonrisa.
—¿Sr. Cipriano?
Los ojos de Yolanda se iluminaron.
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