—¡Buscas la muerte!
El anciano de nariz aguileña, finalmente irritado, ya no se contuvo.
Saltó al aire y lanzó una serie de patadas que se convirtieron en innumerables sombras, dirigiéndose hacia Pedro.
Este ataque no era un golpe punto a punto, sino que cubría todas las direcciones.
No había escapatoria; era difícil de defender.
—¡Chico! ¡A ver dónde te escondes ahora!
Las sombras de las piernas del anciano de nariz aguileña se multiplicaron, extendiéndose cada vez más.
Pedro, a quien tenía enf