Delicia nunca había sentido tal apego intenso hacia un hombre. Con una mirada llena de disculpas, le dijo a Carlos:
—¡Lo siento, Señor Rodríguez!
—No es tu culpa. —respondió el hombre con un tono serio y frío.
Alvaro ya se había ido.
Delicia sabía que si no bajaba del coche ahora, él seguro tendría más trucos bajo la manga.
—Lo de la comida, te invitaré otro día.
Dicho esto, Delicia también bajó del coche.
Comparado con las extravagancias de Alvaro, Carlos parecía alguien a quien no le importab