Siguiendo de cerca a Alvaro, Miguel sentía que estaba a punto de asfixiarse y caer al suelo. El hombre se acercó a ella, tan cerca que el café que originalmente había derramado sobre él, ahora se esparció completamente sobre su vestido blanco.
Delicia, que siempre había sido meticulosa con la limpieza, ahora estaba furiosa:
—¡Alvaro, estás loco o qué!
—¡Ah...! —¡Dolor! El beso del hombre, dominante y agudo, había perdido toda la suavidad de antes. Su acción repentina hizo que todos se pusieran a