Alvaro Jiménez estaba furioso. Solo pensar en cómo Delicia López había guardado silencio durante tanto tiempo, y cómo él había cometido tal estupidez en su vida por primera vez, lo enfurecía aún más.
—¡Alvaro Jiménez, maldito seas! —Delicia lo maldecía, resistiéndose. Pero era en vano. Él, como un loco, como una bestia, desprendía un aura peligrosa, consumiéndola poco a poco. Después de un largo rato, la tormenta se calmó.
Alvaro levantó la vista hacia los labios rojos de Delicia, rozándolos con