Alvaro Jiménez, con el ceño fruncido y una expresión de malestar, volvió a dar una profunda calada a su cigarrillo.
Diego Ramírez, observándolo con cautela, comentó:
—¿Realmente vas a llevar esto hasta el extremo como en una telenovela?
—Si no la pongo en su lugar, no me quedaré tranquilo. —replicó Alvaro con firmeza. Recordaba vívidamente el brillo de triunfo en los ojos de Delicia en la entrada del hospital. Se preguntaba cómo había podido consentir a alguien tan astuto durante tantos años.