Alvaro Jiménez miraba a su madre con una profunda decepción. Recordó cómo ella había sido una persona bondadosa, llevándolo a orfanatos para ayudar a los niños cuando era pequeño. Antonia Jiménez, adoptada por ellos, siempre había sido tratada como su propia hija.
—¿Por qué has cambiado tanto? —preguntó Alvaro, su voz llena de desilusión.
La ira había cegado a Isabel, pero en ese momento, al escuchar la voz desilusionada de su hijo, se detuvo y reflexionó. Se dio cuenta de las palabras hiriente