En medio del creciente tumulto y la agitación, Isabel estaba cada vez más enfadada.
—Mándala a casa ahora mismo. —exigió, incapaz de soportar la situación ni un minuto más. Nadie podía imaginar cuánto estaba conteniendo su ira. Probablemente, una vez concluyera la fiesta, estallaría en cólera.
Por otro lado, Yolanda se sentaba tranquilamente en su silla de ruedas, con los ojos vendados, proyectando una imagen de inocencia y vulnerabilidad. Su largo cabello y su aire de pureza la hacían parecer