— ¡Debes comerte todo, Oliver, no voy a permitirte nada berrinches! — Beth se había levantado de la mesa completamente fuera de sí, y levantaba la voz en la mesa, señalando al niño que permanecía sentado sin tocar su plato del desayuno — El rostro de Beth denotaba impaciencia y una rabia encapsulada y venenosa que estaba a punto de estallar.
— ¡No quiero! — Refunfuño enfático cruzandose de brazos, nada en el mundo lo haría comerse eso.
La mujer se dejó llevar por la rabia y el odio visceral que