Punto de vista de Nadia
El silencio era ensordecedor. No era la ausencia de sonido, sino el peso de la anticipación presionando sobre mí, un recordatorio constante de que cada segundo contaba, de que cada movimiento podía inclinar la balanza. Mireya había escalado, y por primera vez en semanas, las apuestas no eran abstractas —eran personales.
Me quedé de pie sobre las transmisiones de la red, ojos trazando las sutiles anomalías como un depredador rodeando a su presa. Cada parpadeo, cada vacila