Selene le había dicho imbécil en voz baja, casi era un susurro. Selene pensó que nunca se había visto tan elegante como con aquel precioso vestido rojo que dejaba un hombro al descubierto, ciñendo la cintura y cayendo con gracia por debajo de la rodilla. Definitivamente, nunca había estado en un sitio tan lujoso. Y nunca en toda su vida había soñado que vería a tanta gente jugándose miles de dólares a una carta o a las vueltas de una bolita, encogiéndose de hombros cuando perdían y volviendo a