Valentina, la nieta de Mariana y bisnieta de Nicolás, había crecido en el faro con la luz eterna como su guía. Ahora, a los veinticinco años, era una mujer fuerte y decidida, con los ojos grises de su bisabuelo y el corazón ardiente de su bisabuela. Había heredado el amor por el mar, por las historias y por la familia.
Pero también había heredado algo más: el deseo de encontrar su propia luz.
Todo comenzó cuando un joven llegó al faro. Se llamaba Diego Alarcón, un biólogo marino que había viaja