Pasaron tres meses desde la muerte de Aurelio. El tiempo, como el mar, había ido puliendo las aristas del dolor, convirtiéndolo en algo más soportable. El faro seguía girando, la vida seguía su curso, y poco a poco, la sonrisa había vuelto a los rostros de Nicolás y Valentina. Pero había algo que no se atrevían a nombrar. Algo que Valentina guardaba en secreto, esperando el momento adecuado.
Una mañana de junio, cuando el sol calentaba con fuerza y el mar brillaba como un espejo, Valentina desp