La noticia de la boda se extendió por el pueblo como el viento salado que recorría los acantilados. En menos de una semana, todo el mundo sabía que la viuda del faro y el hijo bastardo de los Chestifer iban a casarse. Y aunque algunos murmuraron con envidia y otros con incredulidad, la mayoría se alegró. Porque después de tantas tormentas, el puerto necesitaba una celebración.
Valentina estaba sentada en la cocina del faro, con una taza de té entre las manos y una sonrisa que no podía ocultar.