Clara se acercó a ellos con pasos lentos, como una pantera acechando a su presa.
—Todo esto —dijo, señalando el faro, el mar, la mansión— es mío. Siempre ha sido mío. Mi madre, Giovana, solo era una fachada. Una marioneta. Yo era quien movía los hilos desde las sombras. Yo le di las órdenes para envenenar a nuestro padre. Yo le di las órdenes para eliminar a Sebastián. Y yo le di las órdenes para que Marcelo os chantajeara.
Valentina sintió que el odio le quemaba el pecho.
—¿Por qué? —preguntó,