—¿Estás nerviosa por mañana, verdad? —pregunta Abbey con una sonrisa.
—Un poco, la verdad. Agradezco que no sea algo muy grande —suspiro, intentando calmarme—. Al menos este masaje en el spa me va a ayudar.
—Lo sabemos, por eso quisimos traerte —responde Alanys, acomodándose en la bata.
—Buenas tardes, damas. ¿Listas para su masaje? —nos pregunta una mujer, y asentimos—. Bien, síganme.
La seguimos hasta una habitación completamente blanca con tres camas de masaje y tres hombres esperando para a