Ramiro
La casa de mamá era tan aterradora como siempre.
Y como siempre, parecía que ella tenía un radar.
Sin que hubiera llamado a la puerta, ella la abrió
—Ya te llamo —dijo, apartando el teléfono a un lado.
Tragué saliva.
—Hijo —dijo en cuanto me vio, cruzándose de brazos—. ¿A qué debo el placer de tu visita?
—Hola, mami —intenté sonreír, aunque sabía que no iba a funcionar—. Quería verte.
—¿Necesitas dinero? —preguntó arqueando una ceja. No me dejó responder, se hizo a un lado—. Bueno,