Camila
Estaba acostada, recuperándome del malestar que me había afectado desde hace unos cuantos días, cuando el teléfono de la casa comenzó a sonar. Fruncí el ceño y me incorporé para contestar.
—¿Hola?
—¡Camila! —dijo una voz demasiado familiar al otro lado. Laura.
Solté un suspiro y rodé los ojos, aunque una sonrisa se me dibujó en el rostro.
—Vaya, vaya, si es la gran señorita secretaria de mi marido. Al fin te dignas a confesar que te dieron el puesto por acostarte con él, ¿no?
—Ay, queri