Julio estaba sentado frente a su ordenador, pero la pantalla brillaba en vano. Sus pensamientos lo arrastraban lejos de cualquier tarea pendiente. El cursor parpadeaba, un reflejo irónico de la impaciencia que latía en su pecho. La duda y los celos se apoderaban de él como una sombra persistente, carcomiéndolo por dentro.
Con un suspiro frustrado, se levantó bruscamente de la silla, empujándola hacia atrás sin cuidado. Cruzó la habitación hasta la alacena y sacó la botella más fuerte que tenía