El sol del atardecer pintaba de rojo los autos en el estacionamiento subterráneo. Marcel salió de la oficina con esa arrogancia que lo caracterizaba, ajustando los puños de su traje con lentitud. Caminaba como si nada en el mundo pudiera tocarlo.
Pero al llegar a su auto, lo vio.
Nicolás Lancaster lo esperaba, apoyado en el capó de su vehículo, con los brazos cruzados y el rostro endurecido.
—Mira quién vino a buscarme —dijo Marcel, burlón—. ¿Se te perdió algo, Lancaster?
Nicolás avanzó unos pa