Cuelgo sin darle oportunidad de que continúe regañándome. Aunque es cierto que es peligroso, no necesito que me recuerde que soy una inútil; a pesar de no recordar todo, todavía puedo ser útil para mi familia.
Siento unos toques en la puerta. Me levanto y la abro.
—¿Sí, diga?
Una de las empleadas está de pie al otro lado.
—El señor acaba de llegar. Dice que necesita verla con urgencia en la sala principal.
Trago grueso. ¿Será que se ha dado cuenta de lo que ocurrió con Vidal? No, no lo creo. Re