Arders Holt llegó en su coche negro, pisando el freno con tanta fuerza que los neumáticos chirriaron contra el asfalto mojado. El mensaje de su padre había sido escueto: “Drex está grave. Ven ahora”. Nada más. No había necesidad de explicaciones; el tono de Harlan era suficiente para que el estómago de Arders se contrajera en un nudo de miedo puro.
Bajó del vehículo sin cerrar la puerta y corrió hacia la entrada principal. El guardia de seguridad lo reconoció al instante y abrió sin preguntar.