Un dolor agudo atravesó a Sara. No debería sentir dolor, pero tampoco podía creer que estuviera siendo tan cruel. Así que así se sentiría cuando llegara el momento. Bueno, el momento había llegado. Intentó apartar sus manos de las de él. No la soltó. Una chispa de ira la devolvió a la calma.
—Simon…
—Déjame explicarte. Creo que no entiendes lo que quiero decir.
Dios mío, él iba a explicarle, y ella acababa de soltar un llanto desconsolado. Habló rápidamente: —No, de verdad, sí lo entiendo; está