—Eso pensaba —dijo Sara asintiendo bruscamente—. Bueno, ha sido… interesante conocerte, Simon. No olvides cambiar el código de seguridad de tu ascensor privado cuando llegues a casa —añadió con ligereza.
Simon arqueó una ceja oscura y burlona—. ¿Hay algún peligro de que quieras volver allí alguna vez?
—Probablemente no —reconoció con una sonrisa forzada, recordando la última vez que lo había hecho—. No otra vez.
—Entonces, ¿para qué me molestaría en cambiar el código de seguridad? —preguntó él