La soledad me pesaba como una piedra invisible. Me sentía culpable, exigente, como si haber querido más de Joel me hiciera responsable de todo. Joder, Joel.
—No es tu culpa —susurró Kiko con voz suave, acompasando sus palabras al ritmo de mi llanto—. Él es un idiota. Un niño mimado que no estudia porque según él “no sirve para nada estudiar”, no trabaja porque el esfuerzo le pesa, y vive a costilla de su madre. Era obvio que iban a chocar. Tú mereces algo mejor, Emi. No te rebajes a llorar por