CAPITULO 2

JOAQUÍN

—Hey viejo, buenos días. —saluda Francisco entrando en la cocina, mi mejor amigo o “Frank” como lo llamamos la mayoría.

—Buenos días. ¿Qué tal? —le pregunto sabiendo perfectamente la respuesta, porque yo me siento igual.

—Como la m****a, me duele todo como si me hubieran dado una paliza.

—El profe se pasó ayer con el entrenamiento.

Ambos hacemos parte del equipo de futbol de la universidad, estamos a una semana de entrar de vacaciones y el entrenador nos agarró a todos con los guayos colgados, nos sacó el jugo, hasta la última gota de sudor, cabrón de m****a.

—Toma estos dos ibuprofenos para el dolor, nenita —Sé los entrego mientras él va por un vaso con agua.

Me queda viendo mientras toma su medicina, sé lo que está pensando y también sé que no tardara más un minuto en hacer la misma pregunta de siempre.

— ¿Vas a ir conmigo esta vez? —ataca Frank.

—NO —respondo a secas.

—Ok. Si cambias de opinión tienes hasta las 5 de la tarde para ir juntos.

Escucho un suspiro y veo a Frank justo al frente.

—Sabes… ¿Hasta cuándo vas a seguir así Joaquín? ¿Cuándo lo vas a superar viejo? —me pregunta con su cara a pocos centímetros de la mía.

— ¡Déjame en paz! Todos los años es la misma m****a y ya me tienes aburrido. ¡NUNCA VOY A IR! ¿Entendido?

— ¿Crees que a mí no me duele también, que días como hoy no quiero regresar el tiempo y cambiarlo todo? ¿Qué la culpa se ha ido? .... ¡Pues no! pero la vida sigue, loco —Frank me grita en la cara.

Si no fuera como mi hermano juro que le partiría la cara ahora mismo.

— ¿Así honras a tu mejor amigo? —me pregunta.

—No veo que diferencia hace ir a visitar en su tumba. Darío está muerto y eso no va a cambiar nunca —le digo con la esperanza que termine esta conversación por lo sano.

—No se trata de Darío, en eso tienes razón. Se trata de ti. De darle un cierre, dejar el pasado atrás y avanzar —él tiene razón, pero no puedo.

—No puedo Frank —cierro mis ojos, hecho atrás mi cabeza y pienso en Darío.

Éramos inseparables, Darío, Frank y yo. Los tres mosqueros en las buenas y en las malas. “Todos para uno y uno para todos”. Era nuestro lema. Si es tonta la analogía, pero no para unos niños de 6 años, la edad que teníamos cuando nos conocimos en la escuela. Desde ese entonces uno era la sombra del otro. Hasta que Darío murió.

—Si puedes, pero no quieres. No quieres superarlo, en cambio quieres seguir castigándote. No puedes seguir así, encerrado en ti mismo sin amigos, sin tu familia cerca, amargado y sin hacer las cosas que te gustan.

—Eso no es cierto, te tengo a ti. Tú eres mi amigo, está el Costeño, el futbol y mi familia… bueno sabes muy bien que me dejaron primero y entre más alejado este de ellos mejor para mí.

— ¡No me hagas reír! Soy tu único amigo y al Costeño te lo aguantas porque es más amigo mío que tuyo. Juegas futbol porque te obligo a ir conmigo y tu familia te quiere, pero no puedes ver más allá de tus narices.

—Esta conversación no nos llegara a ninguna parte. Estoy bien. Estoy mejor que nunca.

—Las fiestas y las mujeres no es estar bien. Está bien para pasar el rato, pero no cuando se convierte en el centro de tu vida —mira quien habla.

—Vas a cada fiesta conmigo y eres tan mujeriego como yo, no sea hipócrita.

— No es lo mismo y lo sabes. Estoy superado la muerte de Darío, lo visito cada año en su tumba, le llevo flores. Quiero vivir feliz mi vida y tú deberías desear lo mismo. Vamos a visitar a Darío, pídele perdón y dile adiós de una vez por todas y continúa tu vida, pero bien vivida —hace su último intento, pero no servirá de nada.

—No iré.

—Esta es la última vez que te lo pido Joaquín. Cuando toques fondo no me digas que no intente ayudarte.

Sale de la cocina, y yo me quedo sentado en la isla mientras me tomo una taza de café. Pienso en las palabras de mi amigo y sé que tiene razón, pero no quiero olvidar a Darío, hacer como si nada hubiera pasado. El dolor me recuerda lo que vivimos juntos y la culpa me castiga cada día por mis errores. Quiero que sea de esa manera, porque no merezco tener todo lo que mi amigo nunca tendrá.

Son las 11 de la mañana y todavía no me he bañado, la verdad es que penas acabamos de levantarnos. Justo ayer nos trasladamos al apartamento para retornar la universidad, el Penthouse es mío, pero lo comparto con Frank desde que entramos en la U, nuestras familias viven acá en Bogotá, pero ninguno de los dos quiere seguir viviendo con ellos y al parecer ellos también nos quieren lejos porque no pusieron ninguna objeción a que viviéramos solos. Con la única condición que no causáramos problemas, al primer culebrón que formáramos, calabaza cada una para su casa.

Estos 3 años han pasado sin contratiempos graves, gracias a… bueno no se gracias a quien, no soy un hombre precisamente religioso. No me gusta usar el nombre de Dios en vano.

— ¿Frank que vamos a comer hoy? Tengo un hambre de mil demonios y todavía no llamamos a la Sra. Sonia para que venga a trabajar para nosotros.

—Estaba pensando en eso, además la nevera esta tan vacía que damos pena —abro el refrigerador y solo tenemos unas cuantas cervezas que nos quedaron de anoche.

—Vamos a comer hamburguesas al Corralito —le digo mientras busco mi celular.

—Llamaré a la Sra. Sonia, seguro que está disponible, mientras ve a alístate para ir a comer rápido, estoy que me como una vaca entera.

—Vale.

Hace la llamada y ya tenemos empleada para este semestre. La Sra. Sonia es la mejor, mantiene el apartamento impecable, nos cocina, nos lava, mejor dicho, sin esa mujer no seriamos nada ni nadie. Está con nosotros desde el primer semestre y le pagamos cada vez mejor con el fin de evitar que nos abandone a nuestra suerte.

El dinero no es problema para nosotros, nuestras familias son millonarias, hacemos parte de la sociedad elite de este país, la de Frank posee el bufete de abogados más prestigioso del país, Duarte & Asociados, y la mía… bueno tenemos muchos negocios pero el más reconocido es la famosa marca F&F Cosmetics, es nuestro legado, por eso nos tomamos muy enserio nuestros estudios, es la única responsabilidad que tenemos, sabemos que un futuro cercano estaremos trabajando para hacer creer nuestro imperio familiar.

Aunque me falta un semestre para terminar mi carrera, paso por lo menos tres veces por semana a la cosmética y al despacho de mi padre, procuro estar al tanto de las finanzas e indicadores. Con mi padre tomamos las decisiones importantes y aunque no tenemos buena relación padre e hijo, los negocios son otro cuento.

Me baño y me cambio en 10 minutos, me pongo un suéter tipo polo rojo y un Jea ajustado, mis zapatos deportivos, perfume One millón y listo.

Frank me espera vestido muy parecido con un suéter blanco. Salimos sin abrigo, parece mentira, pero cada día hace más calor, Estamos a 18 grados, un horno para una ciudad como Bogotá.

Salimos en mi E Class Cabriolet, mi bebe, cuando llegamos al centro comercial Santa Fe, entramos al restaurante donde venden las mejores hamburguesas, nos sentamos en una mesa no muy lejos de la entrada.

Apenas entro veo a una mamacita que está sentada justo al frente, a un par de metros. La miro descaradamente como siempre suelo mirar a las mujeres que me gustan, ella es linda, todo un bombón, aunque solo puedo verla hasta la cintura porque está sentada. La acompaña una cuchi Barbie de nos 50 años, pero muy bien conservada. Debe ser su madre o su abuela, el parecido es notable a pesar de la diferencia de edad.

¡Qué carita más linda tiene! Parece una muñeca con su melena rubia natural, tiene los ojos verdes, nariz pequeña y labios gruesos como a mí me gustan. ¡Joder! si, esta rebuena. Tiene los pechos medianos, ni tan grandes ni tan pequeños justo a la medida por lo poco que deja apreciar su blusa medio de campesina o alguna m****a así.

Me distraigo un poco haciendo el pedido de nuestra comida, ordenamos para llevar, en pocos minutos inicia el partido de futbol entre el Man City y el Real Madrid.

Cuando miro nuevamente a la muñeca hippie noto que está mirándome fijamente, detallándome, yo le sonrió con picardía. Ella se sonroja, ¡qué bonita es! me salió penosa y todo.

—Te la vas a comer con la mirada —me dice Frank.

—Está más buena que un pan —él asiste, la verdad es que él es tan perro como yo, solo que es un solapado que le gusta comer callado.

La miro comer, no es de esa que come hamburguesas con los dedos meniques levantados, no le da pena ensuciarse y eso me gusta. Conversa con la cucha en voz baja, apuesto que hablan de nosotros, seguro que sí, la cucha varias veces ha mirado hacia acá y hasta nos ha sonreído, vieja desvergonzada.

Nuestro pedido llega, Frank se encarga de pagar y recibir mientras yo tomo una servilleta y anoto mi número de celular junto a un simple “Preciosa, llama si quieres” y se lo entrego al mesero para que lo haga llegar a la muñequita hippie.

Antes de salir por la puerta giro mi cara y la veo, le pico un ojo y le regalo mi mejor sonrisa híper ensayada. Esa nunca falla. Y nos vamos.

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