Con el paso de las horas, Gabriela sentía cómo su cuerpo se volvía más pesado. Cada movimiento era un recordatorio del dolor que la consumía, lento, pero implacable, como una sombra que no la dejaba en paz.
—¿Qué haces despierta? ¿Vas a trabajar? —preguntó Rosalía desde la sala, sorprendida al ver a Gabriela bajar las escaleras—. Hablé con tu amiga y le avisé que no irías.
—Tengo que hacerlo —respondió Gabriela, acariciando el cabello de Ori—. Mantener mi mente ocupada es lo único que me queda.