La brisa de la madrugada golpeaba con fuerza, fría y cortante. Gabriela, desde el balcón, miraba fijamente las estrellas como si en ellas pudiera encontrar una respuesta o un alivio a su tormento interno.
—Está haciendo frío —dijo Ernesto, colocándole una manta sobre los hombros.
Gabriela no lo miró.
—¿No puedes dormir? —insistió él.
—No te importa —respondió ella con dureza, girándose—. Y que te quede claro, en cuanto amanezca nos iremos de aquí. Puedes avisarle a tu esposa que tendrá el camin