Dos años después.
Ernesto estaba sentado en una banca del parque, con las manos enterradas en los bolsillos y la mirada perdida. Todo a su alrededor tenía un aire familiar, como si fuera parte de un sueño que se desvanecía al despertar. Desde que había salido del hospital, el mundo le parecía un rompecabezas incompleto, una pintura abandonada a medio terminar.
A unos metros, Gabriela caminaba de la mano con Ori. Las risas de la tarde se congelaron cuando ella divisó una figura idéntica a la de