El impacto fue fortuito. Gabriela y Ernesto rodaron por la pendiente, sus cuerpos golpeándose contra las rocas y la maleza.
Gabriela luchó por recuperar el aliento; cada movimiento era una agonía insoportable. La oscuridad la envolvía por completo. A su lado, Ernesto yacía inmóvil, inconsciente.
—Ernesto, por favor, despierta —suplicó, sacudiéndolo suavemente, pero él no respondía—, no… por favor… —Las palabras se le atoraban en la garganta al ver el charco de sangre que rodeaba su cabeza—. ¡Di