El atardecer comenzaba a asomarse, el cielo teñido de matices grises, como si reflejara las dudas y tormentos que se agitaban en los corazones de Gabriela y Ernesto.
Luego de terminar una exhausta jornada de trabajo, Gabriela se dirigió al parque, se sentó en la banca, mirando alrededor con angustia.
—¿Será posible que no venga? —miró la hora en el reloj—. Son las tres treinta, quizás hoy viene un poco tarde. Solo deseo unos minutos, solo eso te pido, Dios, ten compasión de mí.
Ella no tuvo que