Lo primero que supo María, al regresar a Monterrey, fue que el libro que había escrito para Sofía al fin estaba listo. Eliseo, su editor, le sugirió enviárselo a su casa, pero María necesitaba saber de Marcos, y que Marcos supiera de ella y todo el dolor que cargaba.
Aunque sonara un poco tonto, María Aragall tenía la sensación de que solo los brazos de Marcos Duran, el hombre que amaba con toda su alma ahora, lograría lo que ni los brazos de su madre habían logrado: que ese dolor profundo en s