CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

El reloj dio por fin las doce de la noche, y Erick, con la mirada fija en él, sintió que su corazón, atenazado por el miedo, la angustia y la desesperación, se detenía abruptamente. Tal como había hecho las últimas tres horas, se dedicó a caminar de un lado al otro de la estancia, tratando de regular su respiración para no desmayarse.

— ¿Y si llamas a su amiga o a sus padres?—preguntó Garrick, quien parecía estar agotando las ideas ofrecidas—. Tal vez…bueno, no sé, tal vez hay
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