Cristóbal conocía a Mía desde que tenía uso de razón. Ocho años de diferencia. Los suficientes para saber que no podía ni debía fijarse en ella. Por Dios, era la mejor amiga de su hermana, la hija de sus tíos. Eran familia, aunque por sus venas no corriese la misma sangre!
Pero pasó, y pasó una noche luego de un año en el extranjero. Ella ya no era la misma adolescente de la que se despidió en el aeropuerto ni la que estaba obsesionada con su banda de pop favorita.
Ella se había convertido en un