Con Abner sosteniéndola por la cintura, Calisto entró al pent-house dando tras pies.
— ¡Dios!, ¿por qué todo se mueve tanto? —se quejó atropellando las palabras.
—Si no toleras el alcohol, no deberías beber así —la reprendió Abner cerrando la puerta tras de sí, ayudándose de su pie.
—Yo no… yo no estoy ebria, —la manera de hipar la delataba — ¡tú estás ebrio! —clavó su delgaducho dedo sobre el pecho de Abner. — ¿No te he dicho que no bebas? —balbuceó.
—Me gustas más cuando no estás tan parlanc