ARTURO VEGA
Cuando el sargento se inclinó hacia Mónica para proceder con la detención, con un movimiento grácil de sus piernas, ella rodeó el cuello del militar antes de hacerlo caer y ponerle las esposas a él.
Se levantó con agilidad, aunque su costado seguía sangrando, y ninguno de los presentes quiso intervenir.
—Estás jodida, Stella… firmaste tu sentencia de muerte —añadió Mónica divertida, como si el dolor no le importara.
—¡Hagan algo! ¡Son tres hombres contra una sola mujer! ¡Por el am