Mientras Stephen subía las escaleras, el eco de sus pasos resonaba por el silencioso pasillo. Al llegar a la puerta de la habitación de Anna, levantó la mano con cierta vacilación antes de reunir el valor suficiente para llamar con suavidad.
El silencio fue la única respuesta.
Un nudo de preocupación se formó en su pecho.
¿Estaría bien? ¿Se habría molestado?
Respiró hondo y, lentamente, abrió la puerta.
Ante él se desplegó una escena serena.
Anna dormía plácidamente sobre la cama, con el pecho