Stephen alimenta cuidadosamente a Anna, acercándole con delicadeza una cucharada de comida a la boca. Ella hace un pequeño puchero y finge que le dan arcadas.
—Oh, Stephen, cocinas fatal —lo provoca, con los ojos brillando de picardía.
Él suelta una cálida carcajada que llena la habitación.
—Bueno, quizá puedas enseñarme tus habilidades culinarias cuando recuperes la memoria. Pero, por ahora, concentrémonos en sobrevivir y en asegurarnos de no convertirnos en la próxima comida de un lobo —respo