Los párpados de Anna comenzaron a abrirse lentamente, recibidos por un intenso dolor de cabeza que parecía atravesarle el cráneo. Parpadeó varias veces para disipar el aturdimiento del sueño y descubrió que estaba envuelta en una gruesa manta. Su calidez resultaba reconfortante, aunque completamente desconocida.
La confusión se reflejó en su rostro mientras recorría la habitación con la mirada y comprendía que se encontraba en un lugar que jamás había visto.
Frunció el ceño, llena de preguntas.