Laura y Anna estaban sentadas con las piernas cruzadas sobre el suelo de la habitación de Anna, doblando cuidadosamente la ropa juntas. El sol de la tarde entraba por la ventana, bañando la estancia con un cálido resplandor. Conversaban sobre cosas sin importancia, sus voces suaves y llenas de risas.
Justo cuando estaban terminando de doblar una pila de camisetas, la puerta se abrió con un leve chirrido y una criada entró con una expresión ligeramente nerviosa.
—Perdón por interrumpir, señorita